En tiempos de crisis, aprendemos a no dejarnos caer, de nuestros errores, a ser responsables y a reconocer nuevas oportunidades, haciendo lo que amamos, aunque nos resulte duro abrirnos paso. Nos transformamos y queremos estar en paz. Aprendemos a creer en nosotros mismos, valorando nuestras prioridades y descartando lo que ya no nos aporta. Distribuimos mejor nuestro tiempo y nuestras recursos. En el desapego, nos liberamos y aprendemos a ser más libres, más humildes y agradecidos y a dejar de sentirnos condicionados por la materialidad y la vanidad del exterior. Además, se propicia la colaboración y nos sentimos impulsados a ayudarnos y a ayudar a los demás. A veces, un simple gesto puede hacer más de lo que pensamos.
En estos tiempos, nos detenemos, miramos hacia dentro -como un niño inocente que no sabe juzgar ni quejarse-, nos escuchamos y aprendemos a conocernos mejor. Todos tenemos a un sabio en nuestro interior y que nos enseña a ser felices, a tener fe y paciencia. Ese sabio nos conduce a un estado de claridad, donde todo llega y se comparte.
El dolor o nos hunde o nos hace crecer y nos muestra nuestro potencial, nuestra fuerza y cambia nuestra actitud, gracias al esfuerzo por comprender el mundo, en lugar de tratar que éste nos entienda a nosotros.
Aceptar lo que nos pasa, nos conduce a disolver hábitos de resistencia y a abrirnos a una nueva perspectiva que nos conducirá a sendas inesperadas que nos mostrarán lo que realmente somos, en alineación con nuestro propósito de vida que sirve al alma.
El juicio nos aparta de la verdad del alma. El alma huye de la necesidad de controlar, basada en el desapego y la libertad de ser y es quien nos muestra nuestra verdadera riqueza y las verdaderas riquezas que realmente nos hacen sonreír permanentemente. Y aunque la vida resulte paradójica, es una bendición y un milagro en sí misma que yo agradezco infinitamente cada día.


